“El hombre se ha hartado de cambiar la tierra. Es tiempo de que la tierra cambie al hombre. Esa tierra ya se levanta, ya tiene un nombre ”.
Julio Cortázar.
¿Cuantas veces habremos de volver la mirada hacia atrás para buscar en el origen mítico una verdad primera que nos devuelva el sentido de las cosas, retornar a la palabra primigenia, a la mirada inaugural del mundo? Desandar los caminos del pensamiento, desanudar los laberintos del conocimiento, volver a la naturaleza virgen para tomar de nuevo el vuelo, y luego desalar para volver a abrazar al mundo. Es el eterno retorno para reunir a la cultura con la naturaleza.
El gran enigma del conocimiento lo inaugura el lenguaje, el orden simbólico, la cultura, la poesía y la locura. Pero la locura de nuestro tiempo, de esta era de vacío, nos obliga a buscar nuevos asideros en la naturaleza. El Don Quijote del siglo XXI, hastiado de pelear contra molinos de viento, añora la tierra firme de antaño, una naturaleza que sea naturaleza y no quimera. Deshacer el enredo del pensamiento que proviene de la Tierra y la materia, abre la pregunta sobre la naturaleza, la vida y la cultura. Pues más allá de saber si la naturaleza incluye al hombre, la pregunta crucial está en saber si lo simbólico, que sin duda emerge de la naturaleza física y no de un don divino, una vez que brota a la vida, se subsume en la naturaleza o constituye un nuevo orden ontológico, en el que se inscribe ineluctablemente toda comprensión del mundo.
Buscamos resolver la “esquizofrenia entre hombre y naturaleza, razón y libertad, cuerpo y alma”, es decir el dualismo entre lo real y lo ideal para volver a una reunificación inmanente y menos materialista del mundo.


